
Hay veces que uno no entiende las cosas. Hay veces que todo se le viene encima a uno y uno no sabe por qué. Hay veces que uno cree estar parado firmemente en el suelo, y un movimiento grado 15 te deja débil, te derrumba, y te deja a merced del viento. Eso pasa siempre, alguna desilusión en el trabajo o en el amor, algo que esperabas que ya no va, algo que creías que estabas construyendo, de repente se cae. Y de repente se acaba el mundo para uno. Si, es eso a lo que me refiero, es cuando uno termina.
No hay otra sensación como esa. Una fría desolación, una impotencia, seas el ejecutor o la víctima. La espada atraviesa los dos cuerpos. Los dos quedan heridos, marcados, aislados, casi indolentes de la impresión que les produce la crisis. Me ha pasado. Nos ha pasado.
Hay veces que he quedado desolado, sin explicación, como la víctima. Hay otras que he sido un maricón y un imbécil, y yo he sido el ejecutor. Y hay otras en que en un acto de acrobacia, ambos nos hemos dado una estocada certera, pero cubierta en una conversación “
madura y adulta” (como dijo Aline Kuppenheim en “Tus Deseos en Fragmentos”).
Esas son las peores.
Porque cuando uno termina por un error del otro o de uno (llámese infidelidad, mala clase, etc. que uno define), uno genera la rabia instantánea que cubre la pena y la decepción, y aunque patalee, le tire las cosas por la cabeza, lo insulte, al final esa rabia genera suficientes fuerzas como par dar vuelta la página, si eso es lo que uno quiere.
Una vez terminé porque necesitaba cambiar de ambiente y lo nuestro ya no se sostenía (malos ratos, peleas continuas, etc.). Y aunque yo no sabía lo que quería, sabía lo que no quería. Y me alejé abruptamente, insensible a su dolor y sin dar explicación. Y un error que yo había cometido con anterioridad, se me devolvió y los insultos por teléfono estuvieron a la orden del día. Y para mí fue más fácil dar vuelta la página o, mejor dicho, no volver atrás. Aunque el sentimiento tardó mucho en desaparecer.

Pero cuando uno termina estando de acuerdo, o por lo menos, estando de acuerdo que no está resultando, es lo peor. Mi cabeza me dice que uno debe ser adulto, que algunas veces las cosas no funcionan, que todos somos diferentes, que puede pasar que él se enamore de otra persona, que ya no me tenga en sus proyectos, que yo quiero otras cosas, pero, ¿qué hago con el dolor que este fracaso me trae?. ¿Cómo m… lo canalizo?
¿Cómo se hace para romper el lazo, si quedamos en buena?. Tal vez lo mejor sea no verlo más, pero ¿quién me devuelve todo el esfuerzo que le puse a la relación?, lo difícil que me fue darle un espacio en mi vida, el que reclamó con justa razón, que le conté a mis viejos por él, que le presenté a mi familia, a mi madre, a mis hermanos, a mis amigos, lo hice parte de mi mundo, qué puedo hacer con eso sin poder decir que me engañó, sin poder decir que me pegó u otra tontera como esa. Que difícil se me hace decir: no resultó. Mi proyecto con él, no funcionó.
Claro que ha habido veces que no he dado todo lo que podía dar. Porque no le creí que estaba embalado. Porque sus continuos secretos me hicieron siempre dudar. Porque nunca me dijo lo que realmente sentía o me lo dijo demasiado tarde. Porque sus amigos no eran mis amigos, porque sus padres no me querían ver ni en pintura, porque pensaban que yo lo estaba metiendo en esto. O porque nunca me pescó.
¿Por qué el fracaso nos duele tanto?. Porque creo que eso es. Estoy seguro que por terminar NO dejo de querer a la persona (a no ser que debiera haber terminado antes). El cariño sigue, pero la persona no está para que yo lo quiera. Pero es el fracaso el que duele, la impotencia de no poder cambiar las cosas.
¿Cómo se hace esa estrategia por la cual algún día ese ser tan importante para mí, pase a ser mi amigo?. Salvo pocas excepciones, creo que no se puede. Una vez lo hice. Un pinchazo, un flitreo de una semana, resultó con el tiempo que se convirtió en mi mejor amigo. Pero en el fondo fue porque nunca hubo algo de peso.
La situación es compleja y no hay estrategia. Qué ganas de decir: “oye, intentémoslo otra vez”, pero siempre estará la incertidumbre en que tal vez nada cambie, y mejor ahorrarnos tiempo y no lleguemos hasta las últimas, donde siempre es más doloroso.

Una vez me dijeron que la relación entre hombres era difícil. Puede ser para algunos, pero para mi no. Yo he estado con algunos de los más grandes corazones, con las más grandes sonrisas, con los brazos más acogedores. Y he tenido los mejores momentos.
Pero ahora, después de unas lágrimas al viento (
porque los hombres si lloran), uno puede levantarse, respirar hondo y decir que estuvo con una persona maravillosa que fue parte fundamental de su vida.
Si, tal vez me odie o yo lo odie por un tiempo. Y tal vez ya no me espere nadie en una estación del metro, tal vez nadie me diga que me quiere, quizás nadie me abrace, tal vez vaya solo al cine, tal vez no tengo a nadie que se ría de mis chistes, nadie que me venga a buscar al trabajo, o no tengo a nadie con quien tomarme un whisky de vez en cuando. Pero en esos momentos me sentiré feliz de no haber hecho más daño o que no me hayan hecho más daño.
Sólo la cicatriz queda, como un mudo testigo.
Siempre.
Originalmente aparecida en la columna "Sorteando nuestro Chile" de la página web sidaccíon.cl en mayo de 2003